Entender los valores
Los valores salen hasta en la sopa. Inspiración, compromiso, cultura de empresa… Hay palabras que todos usamos como si fueran obvias. […]
Los valores salen hasta en la sopa. Inspiración, compromiso, cultura de empresa…
Hay palabras que todos usamos como si fueran obvias. Sabemos que importan. Vemos su utilidad. Pero cuando toca definirlas, nos quedamos en blanco.
Los valores son el ejemplo perfecto.
Todos tenemos. Y sabemos nombrarlos: compromiso, transparencia, honor, trabajo, familia, valentía… Vamos, que hay para todos los gustos.
Todos hemos usado esta palabra alguna vez. La hemos defendido. A menudo, la hemos llevado por bandera. Si eres líder y tienes un proyecto humano entre manos, o una cultura de empresa que defender, no puedes pasar de los valores.
Pero hay un problema.
Hablamos mucho de ellos. ¿Sabemos de verdad de qué hablamos?
Haz esta prueba mentalmente. Intenta responder a estas preguntas tan sencillas.
¿Qué es un valor?
¿Cómo nace?
¿De dónde viene?
¿Por qué tiene tanta fuerza?
Cuatro preguntas fáciles, ¿verdad?
Pues no tanto.
Por eso es importante. ¿Cómo vas a ser líder y poner a las personas en el centro de tu empresa y de tus proyectos si no tienes claro qué son los valores?
Si esta introducción te suena, estás en el sitio adecuado. Aquí tienes una explicación que, por fin, va a poner orden en todo esto.
Cuando acabes este artículo, tu forma de liderar ya no será la misma.
Cómo nacen los valores: origen e importancia de los valores personales
Los valores son puntos de referencia. Están muy arraigados y los vivimos como convicciones. Son la idea, siempre subjetiva, que cada persona tiene de la dignidad humana. Y nunca se pueden separar del entorno social en el que vive.
Pero ¿sabías que nacen de algo todavía más grande y poderoso?
Los arquetipos sociales.
Un arquetipo social es un valor aceptado por una sociedad durante mucho tiempo, como mínimo un siglo. Marca qué comportamientos son aceptables para convivir en ella. Y también define el mundo tal y como lo entendemos.
Un ejemplo. El arquetipo judeocristiano, muy extendido en Occidente, impone la monogamia. Vete a Estados Unidos y cuéntale a alguien que tienes cinco mujeres o siete maridos. ¡Ya verás qué cara pone! Te habrás saltado el arquetipo dominante. Y con eso, te habrás quedado fuera de la «normalidad».
El caso es que la normalidad es muy subjetiva. Se construye con una historia, una cultura, una religión y un entorno social concreto.
Los arquetipos sociales definen cómo entiendes el mundo. Por eso marcan también las normas de comportamiento. Dicho de otro modo: de los arquetipos sociales salen nuestros valores.
Sigamos con el arquetipo judeocristiano. Este arquetipo da un peso especial al valor «familia». Visto a través de sus gafas, eso significa una familia monógama y heterosexual, fruto de un matrimonio para toda la vida. Esa lectura del valor «familia» está hecha de creencias. Y aquí la subjetividad crece. Poco a poco sale del terreno social y entra en uno cada vez más personal. Porque las creencias cambian de una persona a otra. Dependen de su historia, de su educación y del entorno en el que vive o en el que creció.
Y la cosa no acaba aquí. Los arquetipos sociales llevan a los valores. Los valores, a las creencias. ¡Y la cadena sigue!

Porque cuando una creencia está bien arraigada, influye en las actitudes. La RAE define la actitud como la «disposición de ánimo manifestada de algún modo».
Sigamos en Occidente con el mismo ejemplo. Imagina una comida entre compañeros. Una charla sin importancia. Uno de ellos presume de ponerle los cuernos a su mujer. Su compañero, gran defensor de los valores familiares, le mira con desprecio. Esas palabras le han escandalizado. Han chocado con sus creencias.
Y cuando una actitud se pone a prueba con fuerza… ¡acaba en un comportamiento!
Volvamos a la escena. El hombre está tan indignado que se levanta. Tira el tenedor en mitad de la comida. Y se va del restaurante soltándole cuatro frescas al don Juan.
Sus amigos o compañeros, que lo han visto todo, le dirán después: «Tienes que controlarte. Te has pasado. ¡Tampoco ha hecho nada malo! ¡Tienes que cambiar esa actitud!»
¿Cuántas veces le hemos dicho eso a un compañero o a alguien de nuestro equipo? «¡Tienes que cambiar esa actitud!»
Muy fácil de decir. No tan fácil de hacer…
Y hay un motivo…

La presión que construye los valores personales
Resumamos…
Los arquetipos dan origen a los valores. Los valores generan creencias. Las creencias se convierten en actitudes. Y las actitudes acaban en comportamientos.
Esta cadena no funciona por las buenas. Funciona a base de presión. Es como si los arquetipos les dijeran a los valores: «Más os vale respetarnos, o si no…». Y no son amenazas vacías. Luego los valores hacen lo mismo con el siguiente eslabón, y así sucesivamente. Ya sabemos que al ser humano no le gustan los cambios. Pero si pones en duda su forma de entender el mundo, prepárate. Cualquier amenaza a «su mundo» es una amenaza a su territorio y a su supervivencia. Como no conoce otra cosa, esa amenaza solo le promete destrucción, sin alternativa. Y el vacío es una incertidumbre que el cerebro detesta. Así que defiende su terreno con uñas y dientes. Hay quien prefiere dejarse morir antes que enfrentarse a un cambio de arquetipos.
¡Todo esto no se cambia por las buenas!
Cuestionar el peso de tus valores y de tus arquetipos para descubrir a la persona que hay detrás es un camino exigente. Un camino de autoconocimiento. Todo líder que quiera poner a las personas en el centro debería recorrerlo, para ver más allá de sus condicionamientos. Pero ¿puede exigir a su equipo que haga lo mismo?
Liderazgo actual: vivir los valores para cambiar los comportamientos
Pedirle a alguien que «cambie de comportamiento» tiene muchas papeletas para caer en saco roto. Y eso sin contar con que ese tipo de peticiones no solo tocan lo que hemos visto hoy. ¡Además activan un montón de resortes psicológicos!
En resumen… ¡pues vamos apañados!
Y encima, decir que «todo líder debería…» es muy fácil. Llevarlo a la práctica es otra historia. Entonces, ¿qué hacemos?

Cómo vivir tus valores más allá de los ejercicios de siempre
Los valores no son nada nuevo. Se habla de ellos desde siempre. Lo que tiene que cambiar es cómo los usamos. Te pongo el ejercicio de siempre: el seminario de empresa o de cohesión de equipo (el famoso «team building», tan de moda hace unos años) donde se definen los valores de la empresa. Ese momento se vuelve casi sagrado. Se imprimen carteles, se enmarcan bonitos cuadros y se cuelgan por toda la oficina. Y ahí se queda la cosa.
Pasa el tiempo. Los cuadros cogen polvo. Y ya nadie se acuerda de qué querían decir. Mucho ruido y pocas nueces…
Una vez acompañé a una gran empresa a definir sus valores. Metimos en el ejercicio a toda la plantilla, casi mil personas. Tardamos varias semanas en llegar a un resultado con el que todos se sentían identificados. La presentación final fue un gran momento. Cuando terminamos, se notaba en la sala el orgullo de pertenencia. Habíamos hecho un buen trabajo de identidad. Justo entonces me giré hacia la pared. Señalé un cuadro. Y pregunté:
«¿Y esto qué hacemos con ello?»
El cuadro decía: «Los valores del grupo…»
Ni uno solo aparecía en el trabajo que acabábamos de hacer.
Aquel cuadro lleno de polvo solo tenía palabras huecas. Nadie las conocía. Nadie las vivía. Lo quitaron enseguida y pusieron otra cosa en su lugar.
Lo importante de los valores no es exhibirlos. Es vivirlos. Y eso empieza por liderar con el ejemplo. Como todo, cuando quieres poner a las personas en el centro.

Cómo salir de las zonas grises para aclarar tus valores personales
Hay tres zonas grises: la interpretación subjetiva de los valores, las definiciones etéreas y la falta de acciones concretas.
Empecemos por la interpretación subjetiva…
El problema de los valores es este. Si los miras en conjunto, desde los arquetipos hasta los comportamientos, dependen de tantas variables subjetivas que su definición solo vale para quien los defiende. Dicho de otro modo: una persona = una historia única = un marco de valores único.
De ahí sale una interpretación muy subjetiva de los valores y de lo que significan.
Si quieres evitar conflictos de valores, empieza por acordar qué significa cada uno para todos. Para eso, olvídate de las definiciones abstractas y de los discursos bonitos. Pasa a la acción concreta.
Es verdad que exhibir valores tiene algo simbólico que impone. Pero enseguida caemos en palabras comodín que valen para todo y no dicen nada. Es la puerta abierta a discursos bonitos que cada uno entiende a su manera. En resumen: poco útil.
Cada valor tiene que ir acompañado de acciones concretas que lo representen. Así le dejas claro a todo el mundo qué significa vivir ese valor en tu empresa. Claro que cada persona podrá seguir interpretándolo y añadir sus matices. Pero una cosa quedará clara para todos: aquí, respetar este valor significa exactamente… [pon aquí las acciones concretas que habéis definido].

Un viaje al corazón de tus valores esenciales
Tocar los valores es tocar el corazón. Es el principio de una aventura compartida. De un vínculo que une a quienes se parecen. Las promesas son grandes, y los resultados también. Porque cuando te une un vínculo así, nada es imposible. Pero las palabras no crean vínculos. Solo los crean el tiempo, los hechos y la coherencia entre lo que dices y lo que haces. Poner a las personas en el centro de la empresa es volver a ser auténtico. Defenderlo y demostrarlo cada día. Los valores no son una excepción. Como todo lo que tiene mucha fuerza, hay que tratarlos con muchísimo cuidado y delicadeza.
Aprendimos este enfoque de los valores con Kathy Labarre, una de las pocas especialistas francesas en arquetipos sociales. ¿Quieres profundizar? Échale un vistazo a Vecma (enlace no patrocinado y sin acuerdo de afiliación).
Publicado originalmente en francés en Konxus Média ↗
Iker Aguirre