Diálogo con Mathieu Baudin, prospectivista y director del Instituto de los Futuros Deseables
Para Mathieu Baudin, vivimos un momento bisagra. El viejo mundo se agota. Lo esencial ya no es aguantar relatos de crisis o de fatalidad. Es reinventar entre todos futuros que den ganas de vivir. Con la prospectiva, la introspección y la experimentación concreta, te invita a recuperar poder sobre el
Mathieu Baudin lleva años estudiando los grandes cambios de nuestra época. Su objetivo es ayudarnos a imaginar futuros más deseables, más humanos y más sostenibles. En sus conferencias y acompañamientos anima a empresas y ciudadanos a convertir la incertidumbre en terreno de innovación, de conciencia y de acción.

Iker: ¿Y tú dónde te sitúas en ese «entre dos»?
Mathieu: A mí no me gusta el determinismo. En el Renacimiento, la ciencia nos liberó del fatum, del destino. Al sentir que podíamos dominarlo, nos volvimos un poco arrogantes. Nos creímos dueños y señores de todo. Ahora estamos reequilibrando. Me gusta la comparación con las estaciones. Durante mucho tiempo pensé que estábamos en el otoño de nuestra civilización. El otoño es el único momento en que ves morir las cosas sin tristeza. Sabes que eso forma parte de la llegada de la primavera. En el siglo XX nos pasamos un poco. Toca dejar ir todo aquello. Pero entre el otoño y la primavera está el invierno.
Ya tenemos un pie dentro. No podemos elegir no pasar por él. Lo que sí podemos elegir es la energía con la que lo atravesamos. Todo lo que planteo se resume en eso: elegir la energía de vida y no la energía de muerte. Además, siempre he pensado que la primavera empieza cuando los días se alargan. Así que no hace falta tragarse tres meses enteros de invierno.
Iker: ¿Esta época nos pide mirar hacia dentro?
Mathieu: Todas las tradiciones de sabiduría invitan a una fase de introspección. Hay que pulir tu propia piedra antes de ponerte a construir. Pero vivimos en una sociedad individualista, al servicio del dios consumo. Cuando yo era pequeño se valoraba la superación. Hoy el desarrollo personal es el principio y el fin de todo. Y esa fase debería ser temporal. La suma del desarrollo personal de cada uno no basta para construir una sociedad juntos. Los griegos inventaron la scholé, de donde viene «escuela». Era un tiempo de ocio estudioso que se tomaban para construirse a sí mismos. Los romanos lo llamaron otium. De ahí nuestro «ocio». Su contrario era el negotium, la negación del otium: el «negocio». Aún queda rastro cuando dices de algo muy importante: «esto no es negociable». Doble negación. Significa que es… «ociable». Necesitamos tiempo para nosotros si queremos ir a lo esencial.

Iker: ¿Por qué nos cuesta tanto pensar a largo plazo?
Mathieu: Urge tomarse tiempo. Nuestros abuelos lo sabían: vísteme despacio, que tengo prisa. Y, paradójicamente, el tiempo se nos come. Urge regalarse tiempo. El consumismo necesita acelerar. Necesita librarse del tiempo. Te propongo un regalo de tiempo. Eliges a alguien que te aprecia y le dices: «Dentro de tres meses quedamos». Ese día, por la mañana, lo llamas: «Al final no nos vamos a ver. Acabo de regalarte tiempo. Tienes dos horas para hacer algo que nunca tienes tiempo de hacer». Y descubrirá que sí tiene tiempo. Porque he cambiado las reglas del juego.
Virginie: La prospectiva suele verse como algo abstracto. ¿Para qué sirve en la práctica?
Mathieu: La filosofía también se considera abstracta. Y, sin embargo, el propósito se ha vuelto algo importante en las empresas. Antes no se lo planteaban, porque nadie cuestionaba el destino. Hoy, si no cambiamos nada, ese destino es un callejón sin salida. La prospectiva usa el futuro como excusa para examinar el presente. Sirve para mostrar a quienes deciden las consecuencias de lo que eligen. Gaston Berger le dio estructura en los años 50. La prospectiva trabaja la cuestión del horizonte. No tenemos un problema de soluciones: hay muchísimas. Tenemos un problema de horizonte. De decidir juntos adónde vamos. Eso se llama proyecto político. Séneca lo decía: «Ningún viento es favorable para quien no sabe adónde va». Hay dos maneras de avanzar por terreno desconocido. La primera: esquivas obstáculos. Un iceberg a la derecha, una isla a la izquierda… y, por descarte, se va dibujando un camino. La segunda: eliges un horizonte. Y entonces te enfrentas a lo desconocido de otra manera.
Iker: Para ti, ¿se trata de predecir el futuro o de construir futuros deseables?
Mathieu: El futuro no se prevé, se prepara. No lo digo yo, lo dijo Maurice Blondel. Es cuestión de voluntad, no de determinismo. Si en el futuro sigue habiendo seres humanos, seguirá habiendo sorpresas. Somos un elemento que no se puede cuantificar. Es el famoso FH: el puñetero factor humano o el precioso factor humano, según el caso. Como la materia es humana, para imaginar el futuro hay que recurrir a la filosofía mucho más que a las matemáticas. Gaston Berger lo llamaba una filosofía de la acción. En el Instituto le hemos añadido una poética de la acción. El asombro siempre ha sido un buen aliado para superar lo imposible. Hay futuros, en plural. Pero la experiencia nos da confianza en que vamos a converger. Es una cuestión de equilibrio de la humanidad en un planeta con límites. En Delfos, a la entrada, estaba escrito «Conócete a ti mismo». Pero al fondo había otra frase menos conocida: «Nada en exceso».
Era el antídoto contra la hibris, la desmesura. El mañana será, en el fondo, lo que hagamos con él.

Virginie: ¿Qué significa unirse a tu «conspiración positiva»?
Mathieu: Conspirare, en latín, significa «respirar con», y también «tramar». Es un soplo para respirar y para inspirarse. Y es un soplo en el sentido de movimiento. Habrá que tramar unos cuantos golpes, porque el sistema no se va a dejar superar así como así. Es más una actitud que un cargo. En Francia, los del CJD, el Centro de Jóvenes Dirigentes, son conspiradores positivos desde 1938. Cuando la actitud prospectiva está bien hecha, abre los futuros. Y eso libera el presente. Urge liberarlo. Está paralizado, encorsetado por gente que quiere que nada se mueva.
Iker: Con la presión del día a día, ¿cómo te marcas un horizonte?
Mathieu: Es más un proceso que una fórmula. Lo primero es el tiempo. En el Instituto hacemos un viaje hacia los futuros cada seis meses. Para darnos tiempo. Luego, quienes participan se toman tiempo para entender su tiempo. La lucidez no es sinónimo de fatalidad. Lucidez viene de lux, la luz. Sí, los tiempos son duros. Sí, un futuro negro es posible. Pero también son posibles futuros deseables, sobre todo si contribuimos a ellos. Los psicólogos lo dicen: la única manera de salir de la depresión es hacer. Haciendo, recuperas parte de tu destino. Danton decía: «Audacia, más audacia y siempre audacia». Si volviera hoy, nosotros diríamos: experimentación, experimentación y experimentación. Con una filosofía: «en el peor de los casos, funciona». La pequeña fórmula son las tres A. Abandonar algo que haces pero que no quieres ver en el mundo en el que te gustaría vivir. Afinar algo que haces pero que podrías hacer mejor. Adoptar algo nuevo y ver si te gusta. Y un cuarto paso: una hermandad de conspiradores y conspiradoras. Juntos para apoyarse, inspirarse y respirar a la vez.
Virginie: ¿Qué nos agradecerán haber cambiado las generaciones de 2050?
Mathieu: «Gracias por no olvidar que era posible. Sentíais que se podía, a pesar de todo lo que os contaban». No hablamos de algo deseable. Hablamos de algo realmente posible.

Preguntas rápidas
¿La mayor ilusión de nuestra época?
Creer que de verdad estamos solos en el universo.
¿Una palabra que deberíamos usar más?
«Congruencia». Es la distancia más corta entre lo que piensas y lo que haces.
¿Tu espacio para pensar?
El bricolaje, el arte, la escultura.
¿El libro que te acompaña?
«Le Passeur de Lumière», de Bernard Tirtiaux. Cuenta la búsqueda de un aprendiz de vidriero cuando se acaba la época de las catedrales. Es la historia de un hombre que, a través de lo que hace, llega a ser quien es.
Si pudieras viajar, ¿al pasado o al futuro?
A los dos. Pero empezaría por el futuro.
¿Qué haces para seguir siendo curioso?
Cuando voy a menudo de un punto A a un punto B, nunca repito camino.
¿Una cena con tres personas?
Hipatia de Alejandría, una mujer increíble. Fidel Castro. Y Pico della Mirandola, para preguntarle lo que todavía no sabe.
¿Un mensaje para la humanidad dentro de 100 años?
«¿Sois felices?». Si me dicen que sí, sigo. Si me dicen que no, corrijo: tengo que cambiar algo.
Claves
Las 4 claves que conviene recordar:
- Vivimos el final de un ciclo históricoSegún Mathieu Baudin, nuestra época cierra el paréntesis que abrió la Revolución Industrial. Estamos en un «entre dos»: un mundo viejo se borra y el nuevo está por inventar. Atravesar esta transición pide una «energía de vida», no miedo ni fatalismo.
- El futuro no se predice, se construyeLa prospectiva no busca adivinar el futuro. Busca iluminar el presente para orientar nuestras decisiones. Para él hay varios futuros posibles. El reto es elegir juntos un horizonte deseable, en lugar de sufrir las crisis o los relatos de colapso.
- Tomarse tiempo se vuelve esencialMathieu Baudin insiste: urge frenar en una sociedad dominada por la aceleración y el consumismo. Recuperar tiempo para pensar, sentir, experimentar y volver a lo esencial es, según él, una condición necesaria para imaginar otro modelo de sociedad.
- El cambio pasa por la acción colectiva y la experimentaciónFrente a la parálisis general, invita a actuar de forma concreta, aunque sea a pequeña escala. Su método de las «3 A» (Abandonar, Afinar, Adoptar) anima a cada uno a cambiar sus hábitos poco a poco. Y todo dentro de una dinámica colectiva que él llama «conspiración positiva», basada en la ayuda mutua, la inspiración y el movimiento.
Publicado originalmente en francés en Konxus Média ↗
Iker Aguirre