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La ciencia lo confirma: ¿miedo = motivación?

Parece un contrasentido: ¿cómo va a nacer la motivación del miedo? Pues eso es justo lo que nos dice la neurociencia. Y es un descubrimiento clave, porque demasiado a menudo […]

Parece un contrasentido. ¿Cómo va a nacer la motivación del miedo? Pues eso es justo lo que nos dice la neurociencia.

Y es un descubrimiento clave. Casi siempre, el miedo y las ganas de actuar parecen ir cada uno por su lado. Incluso en direcciones opuestas. De ahí pueden salir programaciones subconscientes que, cuando aparece el miedo, nos empujan a quedarnos quietos.

Lo que viene a continuación puede cambiar tu relación con el miedo. Y darte algunas claves para afrontar los retos de otra manera.

Si el tema te interesa, escucha este episodio de nuestro pódcast Un Accent sur le Nouveau Leadership.

Miedo, adrenalina y dopamina: el trío que dispara tu motivación

La dopamina es el neurotransmisor de las ganas. Te empuja a ponerte en marcha. Es la responsable de esas ganas de ir a por todas, de esa sensación de no poder estarte quieto.

La adrenalina es un neurotransmisor «latigazo». Dura apenas 20 segundos. Es un fogonazo. Detrás llega el cortisol, el «diésel» del estrés. Tarda 20 segundos en arrancar, pero aguanta muchísimo. Por eso forma equipo con la adrenalina. Ella da la voz de alarma y hace el primer sprint. Cuando se agota, le pasa el testigo al cortisol, que corre un maratón sin despeinarse.

Pero lo interesante viene ahora. La adrenalina se fabrica a partir de la dopamina. Dicho de otro modo: el neurotransmisor de la motivación va antes que el del miedo y el estrés.

¿Creías que la motivación nacía de la alegría, la felicidad y el amor? Pues no. Bueno, mejor dicho: no solo de eso.

Lo que aprendemos aquí es que el miedo es una enorme fuente de motivación en potencia. No conviene huir de él como de la peste. Si lo haces, tiras el grano junto con la paja.

peur et motivation

Cómo usar el miedo como palanca de motivación, sin riesgos, cuando te falta energía

Piensa en los deportistas de riesgo. Tuve la suerte de dedicar 20 años de mi vida a su pasión y de convivir con estos locos de las hazañas. Les llaman «adrenaline junkies»: adictos a la adrenalina. Su día a día es el miedo y la superación en condiciones brutales. Y, aun así, les encanta.

¿Son masoquistas? No. Han descifrado el código secreto para hackear el miedo y el rendimiento.

Tú no necesitas tirarte en chanclas por una pista de esquí de velocidad. Ni bajar una ola de quince metros después de comer. Basta con plantar cara a tus miedos y mirar más allá de lo que te provocan. Detrás de cada miedo hay un potencial de superación. Para ir a buscarlo, tienes que ver más allá del propio miedo.

¿Cómo?

Primera opción: en directo, metiéndote en la situación real. Si superas la prueba, eres un auténtico ninja.

Segunda opción: te quedas tranquilamente en casa y visualizas situaciones que te ponen los pelos de punta. Es exponerte al peligro sin correr peligro. El único riesgo es que el gato te tire el café encima del sofá. ¿La explicación? Tu cerebro no distingue entre lo que visualiza y lo que vive de verdad. Ahí está todo el secreto. Para tu cerebro, visualizar algo equivale a vivirlo. Así que aprovecha y enfréntate a tus miedos sin riesgo. Haz creer a tu cerebro que estás metido en un buen lío. Y aprende a reaccionar de otra forma, sin salir de la visualización. Con un poco de práctica, desarrollarás la capacidad de segregar dopamina sin que acabe convertida en adrenalina.

Para conseguirlo, visualiza la situación que te da miedo. Pregúntate qué necesitas para afrontarla. El ejercicio te obliga a identificar las capacidades y cualidades que te harían superar el reto. Imagínate poniéndolas en práctica. Y, dentro de la visualización, llénate de ganas de tenerlas.

Entonces pasarán dos cosas:

  • por un lado, entrarás en modo «ataque» para enfrentarte al miedo. Cuanto más te acostumbres a ese modo, menos poder tendrá el miedo sobre ti y menos mandará la adrenalina.
  • por otro, te entrarán ganas de pelear, de vencer ese miedo. Ganas de conseguirlo. No desearás el miedo, sino aquello que el miedo te impide alcanzar.

¡Y ya está!

Motivation et victoire

El miedo inicial tira de adrenalina. Así que habrá producción de dopamina, porque la adrenalina nace de ella. Pero tú vas a reducir el efecto de la adrenalina y, a la vez, disparar tus ganas. Y eso aumenta todavía más la producción de dopamina.

Resultado: ya tienes el secreto para recuperar las ganas de ponerte en marcha, gracias a ese extra de dopamina. Termina el ejercicio y verás que, justo después, tienes ganas de hacer cosas. De ir a por objetivos más ambiciosos.

Detrás del miedo acabas de descubrir la motivación. Sigue con el ejercicio y, de paso, cambiarás tu relación con el miedo. Te espera una nueva versión de ti. Ni nos imaginamos todo el potencial y todas las capacidades que hay al otro lado de nuestros miedos.

Pero eso es otra historia…

Tres cerebros en uno que nos programan

Tenemos tres cerebros en uno. El primero, el más antiguo, es el cerebro reptiliano, también llamado cerebro primitivo. Se encarga de las funciones básicas: comer, dormir y salvar el pellejo para que la especie continúe. Este último punto es clave en nuestra relación con el miedo.

El cerebro reptiliano reacciona al instante ante una amenaza. En cuanto la percibe, lanza un aviso de alerta a una velocidad imbatible. Llega entonces una descarga inmediata de adrenalina: es el pico inicial de estrés. Una vez activado, este mecanismo te deja tres opciones: huir, atacar o bloquearte. Mientras tanto, la amenaza pone en marcha el segundo cerebro, el límbico.

El límbico es el cerebro emocional. Es el que te obsequia con una punzada de miedo, la reacción que mide el tamaño de la amenaza. Cuanto más fuerte es el miedo, mayor es la amenaza y más inmediata la reacción de supervivencia.

El problema es que, en este guiso, el tercer cerebro va con retraso. Se llama neocórtex. Es el del pensamiento racional, el intelecto y la deducción. Y es un grandullón demasiado lento. Funciona diez veces más despacio que los otros dos, porque necesita desmenuzar la información antes de decidir. Eso supone perder milésimas de segundo demasiado valiosas. Recuerda: hay una amenaza. Así que el reptiliano y el límbico han decidido prescindir de él. Cuando aparece una amenaza seria, el límbico registra los marcadores sensoriales y emocionales de la situación. Es decir, todo lo que sentiste en el momento en que surgió la amenaza. Y se programa para reaccionar aún más rápido la próxima vez, sin pasar por el reptiliano. Eficiencia pura.

Pero esto tiene un lado oscuro. A veces nos programamos a partir de situaciones únicas, que no se repetirán nunca. Su huella sensorial, sin embargo, se parece mucho a la de otras situaciones futuras que no tendrán nada que ver con la amenaza original. Y cuando estas asoman la cabeza: ¡bum! Reaccionamos de forma incomprensible. Es la historia de ese tío al que se le cruzan los cables cuando todo va bien. O de esa compañera que estalla sin venir a cuento.

Y si a eso le sumas que el neocórtex llega tarde a la fiesta, empiezas a darle vueltas sin parar a lo que acaba de pasar. Y a los escenarios catastróficos que podrían haber salido de ahí. Es la fotocopiadora de malos pensamientos. Una ametralladora de pensamientos negativos en bucle. Y como la repetición es la mejor forma de programar tu subconsciente para que actúe por ti, te fabricas unos programas de lo más molestos. Ahí está el problema. Pasaste miedo, le das vueltas al riesgo, imaginas catástrofes en bucle. Y le grabas a tu subconsciente esta ecuación: amenaza = miedo = peligro = evitar a toda costa.

Mala suerte: tu rechazo al miedo acaba de matar, en tu cabeza, toda la motivación que escondía.

Publicado originalmente en francés en Konxus Média ↗