«Sí, pero…»
«Sí, pero…» habla de esa manía de adelantarnos siempre al problema y de buscar al enemigo fuera. Casi siempre, el verdadero obstáculo está dentro. Ese pequeño reflejo frena lo que haces, alimenta tus miedos y hunde tus proyectos antes incluso de empezar. Este texto te invita a reconocer esa voz inte
Seamos sinceros. Nos pasamos el día buscándole tres pies al gato. Buscamos el problema escondido a la vuelta de la esquina. El enemigo que nos va a jugar una mala pasada. Con la mirada clavada fuera y listos para plantar cara, muchos no vemos que nuestro enemigo público número uno ya está aquí… Y se llama «Sí, pero…»
AVISO: este artículo pica, y mucho
Si te apetece hablar claro, sigue leyendo. Si no tienes ganas de remover el avispero… pasa página. Este artículo no viene a darte la razón. Se lee delante de un espejo.
Lo que debes saber
¡Cuentos chinos!
Somos los reyes de la mentira, de las excusas y de las apariencias.
Vemos que nuestras decisiones nos hacen daño. Vemos que el camino que hemos elegido no es el bueno y que nos estamos dejando la piel. Y aun así, no hacemos nada para cambiarlo.
Ahí aparece el «Sí, pero…». Es la respuesta que espanta cualquier invitación a cambiar de rumbo.
Es una fuente inagotable de historias que no convencen a nadie. Solo delatan una cosa: las ganas de seguir aguantando lo inaceptable.
¡Todos los días es Carnaval!
Cada mañana, nada más levantarnos, abrimos un armario lleno de disfraces. Nos vestimos. Y dentro, escondido en el olvido, dejamos a quien somos de verdad.
Así, de la mañana a la noche, interpretamos mil papeles que dominamos a la perfección. Cada día es una obra de teatro. Y lo único real que pasa en escena es que dejamos escapar a la persona que nos habría gustado ser.
Y aun así, volvemos a responder: «Sí, pero…»

Son tan pocos…
Toda mi vida me han atraído las personas que se salen del molde. Hombres y mujeres que se atrevían a ser ellos mismos y a explorar lo desconocido. Al principio creía que me movían sus historias extraordinarias. Soñaba con hazañas y con límites que superar. Pero me equivocaba. Lo que admiraba de esas personas era su luz.
Brillaba en sus ojos. Se notaba en sus hazañas. Inspiraba con su verdad más profunda. Tenía delante a hombres y mujeres que se habían dado los medios para expresar del todo lo que llevaban dentro. Su luz me iluminaba y reavivaba la mía. Y la mía solo pedía una cosa: brillar con fuerza, siguiendo su ejemplo.
Y sin embargo, esos encuentros son rarísimos… ¿Por qué?
Porque encender tu luz incomoda. Te incomoda a ti, porque exige un valor que muchos ya han perdido. Y incomoda a los demás, porque les hace sombra.
Y también porque lo normal es ir a lo estándar. No salirse del guion. Respetar las reglas. En resumen, una norma gris y monótona. Como nuestras vidas cuando las dirige el «Sí, pero…»

Atreverse, aceptarse, darse permiso.
Es el trío que decide entre el éxito y el fracaso. No busques más. Está aquí.
«Sí, pero…» significa:
No me atrevo
No tengo el valor de descubrir de qué soy capaz de verdad. Ni de ver quién soy realmente, sin adornos ni poses.
No me acepto
No supero el filtro del juicio, ni el mío ni el de los demás. La imagen, la reputación, la pertenencia, el ego, el orgullo y compañía… Son ellos los que mandan en mí. Ellos son mis reyes y yo, su vasallo.
No me doy permiso
No me doy derecho a expresar lo que llevo dentro. Así que lo ahogo. Lo arrincono. Vivo en tensión, dividido por dentro. Y entonces se instala un malestar silencioso.
¿Qué es la felicidad?
El 13 de febrero de 2009 estuve a punto de morir. Fue un accidente cerebral provocado por un burnout severo. Vi pasar la película de mi vida delante de mis ojos. ¡Dos veces! Después vino una conversación que me cambió la vida: un diálogo con una «Voz» sobre una segunda oportunidad. No, ese día no iba a morir.
Y volví. Con mis dolores, mis mentiras y mi identidad hipócrita. «¿Qué es la felicidad?» fue la primera pregunta que me hice.
En la lista del hombre que lo había conseguido (todo) en la vida, todas las casillas estaban marcadas. Para él, la felicidad era el estatus, la belleza, el lujo, el patrimonio, la carrera, el reconocimiento, la inteligencia y el triunfo del hombre hecho a sí mismo.
En la lista del hombre que yo era de verdad… no había ni una casilla marcada. Un balance de vida desolador. Un fracaso sonado dentro de un decorado idílico, de postal.
«¿Qué es la felicidad?»
Un sofá, una manta, descanso, un libro, mi gato y la gente que quiero a mi alrededor.
¿Dónde había quedado la piscina infinita que tanto codiciaba? ¿Y los coches de lujo? ¿Y mi futura carrera de magnate internacional? ¿Y el «club de los CEO», cuya puerta solo tenía que empujar?
Simplemente empapelaban las paredes de mis mentiras. Con las historias que yo mismo había querido creerme.
Porque en realidad, ese día, bajo el peso de aquel balance desolador, las respuestas llegaron de golpe. Claras. Sin discusión posible: la felicidad es sencilla y no necesita adornos.
Vi amor, vínculos y respeto por uno mismo. Todo sin condiciones. Todo estaba «ya ahí», siempre, al alcance de la mano.
Si sentía que mi felicidad se había largado, era porque yo le había dado la espalda. Ella no se había movido ni un milímetro. Y para justificar mi elección, durante años me dije:
«Sí, pero…»
Y es que los «pero» pierden todo su sentido cuando la muerte llama a la puerta. En ese momento solo quedan los balances. Y cuando no te son favorables, los «Sí, pero…» quedan aplastados por una sola pregunta:
Un «¿Por qué?» que no te suelta
Y duele. Duele bajo el peso de todos los «Sí, pero…» que nunca debieron existir.
¿Y tú? ¿Cómo vas de «Sí, pero…»?

Equilibrio en el desequilibrio
Han pasado más de 15 años desde aquel día. Y sigo buscando la respuesta a todas esas preguntas. Decir que no la he encontrado sería exagerar mucho. Decir que he descifrado el código sería un arrebato lírico y bastante egocéntrico. El camino sigue. La búsqueda, también.
Aun así, he aprendido algo esencial. El equilibrio no está en una combinación complicada de factores externos. No. El equilibrio es mucho más sencillo. Y no tiene nada que ver con separar la vida laboral de la personal. El equilibrio está en expresar quién eres, del todo o en parte, pero sin concesiones.
Al principio, el equilibrio es la suma de desequilibrios que se compensan. Es una ilusión. Te obliga a estar siempre haciendo algo para sostener ese pulso entre fuerzas contrarias.
Después, simplemente es. Sin hacer nada.
Dicho de otro modo: basta con que seas para que todo esté en su sitio.
El equilibrio ya no está en hacer para compensar. Se convierte en una presencia serena, donde el ser va primero y manda.
Pero decirlo es más fácil que vivirlo. Porque «ser» se convierte a menudo en una exigencia más, llena de condiciones, con una lista de tareas más larga que un día sin pan. Un nuevo puñado de desequilibrios que te condena a ser Y hacer a la vez. A compensar para fabricar una ilusión de equilibrio. ¿Ves el círculo vicioso? Cuando entiendes que nunca podrás hacer nada para encontrar el equilibrio, el equilibrio aparece. Porque siempre ha estado ahí. Eres tú, en tu esencia.
Es el Santo Grial. Yo solo lo conozco en teoría, por lo que cuentan los grandes meditadores con los que he tenido el privilegio de trabajar (Stéphane Faure, mentor de Konxus, es uno de ellos): el ser en la plenitud de su esencia. El ser que existe en una realidad eterna y perfectamente justa, más allá del tiempo y de la materia. El ser en un espacio donde todo está conectado y en su sitio. Donde los velos de las ilusiones se levantan para siempre.
Lo llaman despertar. Quizá sea el lugar desde el que me habló la «Voz». Cuando hablo de ello, se me pone la piel de gallina.
Entonces, ¿conciliar vida laboral y personal?

El problema no está ahí
Creer que tenemos una vida laboral por un lado y una vida personal por otro es el principio de la farsa cultural en la que hemos crecido en Occidente. Aceptar esa división es firmar un contrato de desequilibrio evidente y crónico.
¿Por qué? Porque, sin decirlo, aceptamos que lo «personal» —es decir, nosotros, nuestra vida y nuestra armonía— sea algo distinto de lo «laboral». Y ahí empieza la servidumbre voluntaria.
A partir de ese momento, los «Sí, pero…» tienen vía libre para campar a sus anchas. Si no, ¿cómo justificamos estar tan desconectados de nuestra fuente?
Por eso, la verdadera pregunta que se esconde detrás de todo esto es: ¿eres de verdad quien has venido a ser?
Puntos clave
En este artículo, Iker Aguirre te lleva al mundo oculto del «Sí, pero…»:
- El «Sí, pero»: una forma sutil de resistencia al cambio
- Un mecanismo inconsciente de autosabotaje
- Las distintas caras del «Sí, pero»
- Los beneficios ocultos de no actuar
- Cómo detectar tu propio «Sí, pero»
- Volver a hacerte responsable de tus decisiones
Publicado originalmente en francés en Konxus Média ↗
Iker Aguirre